La cumbre de los Bufones, por Gérard Imbert

Del 27 al 31 de enero de 2020, tuvo lugar en la sede del TTCP (Teatro Taller Casa del Pino) -Hondón de las Nieves (Alicante), dos mil habitantes- con una fuerte presencia alemana, pero también británica, irlandesa, sueca, y una discreta pero eficiente presencia norteamericana… la muy seria cumbre de los Bufones. Presidía con empaque, humor frío (británico) y el mechón al aire, el impertérrito Jonathan Kay[1], fundador de la Nomadic Academy for Fools.

De vicepresidente oficiaba el imponente Michael Stubblefield que, cuando no hace Viewspoints, es un importante activista de la performance e incondicional defensor de las bufonadas, que son todo un oficio. Como en otras cumbres internacionales, pero con resultados más efectivos aquí, pudimos obervar un intenso -por no decir frenético (en todos los sentidos)- ritmo de trabajo, con sesiones de 12 horas diarias, algunas hasta la una de la madrugada, ¡sin cenar y con poca calefacción! Vinieron ocho de los dieciseis miembros que forman el grupo que lleva dos años trabajando con Jonathan y que estarían luego en Madrid durante dos semanas para un taller abierto en Espacio exlímite, organizado por Vértico con la colaboración de Impro Impar y exlímite.

Debo dar fe de que los bufones son gente extremadamente entregada al oficio, muy trabajadora, con una metodología llamada fooling[2]. Es gente que vive y siente su arte, con una capacidad extraordinaria para traladarlo a las situaciones cotidianas y mezclarlo con la vida, hasta el punto, a veces, de volver muy tenue la fina línea divisoria entre arte y vida. Si bien es cierto que el bufón parte de lo trivial, de nuestros pequeños tics o manías, de los mal-entendidos que, desgraciadamente, son lo que a menudo dificulta la relación con el otro, lo hace ahondando en las raíces de todos estos males que hacen que la vida sea más complicada de lo que parece…

Jonathan Kay parte del origen de estos males, de su sustrato y raíces, trabaja con las emociones, las hace visibles, sacándolas del interior del actor, para luego llevarlas a otro terreno que es la irrisión, que puede traducirse en deconstrucción del conflicto (mediante la ironía) o, al contrario, en su ahondamiento (y eso es lo que descoloca al espectador). El bufón no es un cómico a secas, hace de nuestros defectos una tragicomedia, no solo para hacernos reir sino para devolvernos a nuestra profunda ambivalencia y crear reacciones que por una parte activan la identificación pero por otra generan también la duda, el malestar. De ahí que haya un afán provocador, a veces un tono chirriante, siempre una intención crítica, profundamente existencial y siempre ejemplificada. Para este cometido, la bufonada recurre a las situaciones, las crea, las explora, las extrapola, e inscribe las acciones en su contexto cotidiano y social.

Por eso también, Jonathan utiliza el lenguaje, rebota sobre las palabras cuando hace intervenir al público, y crea malentendidos linguísticos, deriva hacia otras situaciones y, de alguna manera, oscila siempre entre lo trágico y lo cómico.

Es un juego y es un trabajo para el bufón, requiere de una entrega personal, una humildad -la de trabajar sobre sí mismo y de contemplarse en la mirada del otro- y necesita una metodología, sobre cómo llevarlo al escenario y asociar al espectador al juego, con esta capacidad que tienen los bufones para la improvización. Eso es lo que llama Jonathan el “fooling”, el oficio del bufón, una tradición antigua que se ha perdido o desvirtuado (véase la fábrica de risas estereotipadas en la que se han convertido la televisión y los vídeos de Youtube). De lo sagrado a lo profano y viceversa, es un viaje al corazón de todo lo que significa ser humano, desde las minucias mundanas de la vida hasta las arcaicas fuerzas arquetípicas que nos mantienen conectados.

Este humor linguístico me recordó a Raymond Devos, un humorista francés que era más que eso, que componía textos de una precisión impecable -eran auténticos artefactos linguísticos- de acuerdo con una mecánica que le daba continuamente la vuelta a las situaciones o a los tics más banales. Tras lo que hacía Devos, había una verdadera filosofía del humor, hasta el punto de que Godard le dedica una secuencia en Pierrot le fou (1965), como lo hizo con el filósofo Brice Parrain en Vivre sa vie (1962) o Francis Jeanson en La chinoise (1967).

Pero los bufones, en la vida -y en especial en la mesa- despliegan también su arte, no pueden evitarlo, y eso hacía que las comidas en la vieja mansión donde residíamos (la Casa del Pino) tuvieran también sus momentos divertidos, porque el bufón, entonces, saca su lado más lúdico, asocia la payasada a la comida. Aunque estas no fueran muy opulentas y la calefacción, en ese frío invernal, no pudiera calentar decentemente toda la casa (que es enorme), los bufones no abandonaron su buen humor, su talante vital.

Al no tener mucho presupuesto y también por vocación (debido a la presencia de vegetatarianos, veganos, flexitarianos), los bufones se alimentan de pastas, lentejas, arroces, garbanzos, judías, y toda clase de lechugas y verduras, viandas que no sean carne, todo ello (por suerte) debidamente preparado y sazonado… pero ¡son de mucho comer! Un servidor –como buen anfitrión que intenta ser- añadió alguna especialidad de la zona, para completer la dieta y dar envidia a los dos irrreductibles vegetarianos: un gazpacho manchego –nada que ver con el andaluz-, residuo culinario de recetas ancestrales que se han perdido en parte en sus regiones de origen y un arroz alicantino del interior, con conejo, pollo, pimiento y garbanzos, o sea una paella.

En fin, que fue un disfrute compartir comidas y risas con ellos, un placer verlos a gusto en esta casa y, a pesar del frío, sentir su calor humano.

¡Bufones de toda Europa, uníos! Amenizad nuestra vida, haced de nuestras comidas una fiesta y de vuestro arte un oficio placentero y para compartir…

[1][1] “Kay es un hombre divertido que cuenta chistes, realiza desternillantes y arriesgados trucos, y sin explotar a la audiencia con la que improvisa llega a ser muy divertido. No intenta ser divertido, simplemente lo es.” Edinburgh Fringe Review

[2] Fooling sumerge a cada participante en su mundo interior (emociones, pensamientos e imaginación) en busca de lo más auténtico para expresar lo que es universal en todos nosotros. En un taller de Fooling se desarrollan habilidades teatrales como la Improvisación, la Interpretación, la Imaginación, el Movimiento, el Mimo, el Cuentacuentos, el Juego, la Conciencia del Espacio y Tiempo, la Voz, la Musicalidad y el Elenco.



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