Seguimos vivos. Los remedios y Cluster un teatro de la emoción

Contra vientos y mareas de todo tipo, seguimos en pie, más vivos que nunca.

Gracias a los que confiaron en nosotros, han seguido trabajando en espacio exlímite, a los proyectos en colaboración, entre otros con el Teatro La Abadía, y gracias sobre todo a La_Compañía Exlímite que, ilusionada y obcecada, de la mano de Juan Ceacero, su director, ha seguido creando.

Así hemos podido materializar lo que fue vertebrador del proyecto exlímite: el vincular una compañía al espacio, un ensemble estable, aunque de geometría variable, que estaba en ciernes en Iliria, el primer montaje de Juan Ceacero.

En estos últimos dos años, han nacido en exlímite dos obras: Los Remedios y Cluster, esta última gestada durante el confinamiento, con todas las precauciones requeridas, pero con una plena fe en su indeterminado parto y posible futuro. Hoy, se ha hecho realidad: el empecinamiento y la ilusión han vencido el miedo y la duda.

Ambas creaciones son representativas del proyecto exlímite que iniciamos, Juan y yo, en noviembre de 2017. Lo hicimos pausadamente (los medios no permitían ir más de prisa), pero con una enorme confianza en que el buen hacer, la exigencia y la innovación eran nuestra mejor baza. Aún así, no hemos parado desde entonces…

No hubo grandes inauguraciones ni presentaciones formales, exlímite se dio a conocer poco a poco, a través de su trabajo, de su espíritu colaborativo, de sus apuestas artísticas, desde su afán por encontrar un camino al margen de las instituciones, más allá también de las limitaciones impuestas por la fuerza del hábito, la rigidez de los protocolos creativos, las restricciones asignadas por los géneros y los lenguajes establecidos.

exlímite -recordémoslo siempre- es una palabra que nos inventamos para significar este aventurarse en lo desconocido y, más modestamente (¿?), ese reinventar el acto de hacer teatro buceando más allá de los límites dictados por la rutina y del temor a no corresponder a lo que gusta. exlímite es también adentrarse en terrenos nuevos, con el riesgo que implica de perderse o de perder el equilibrio. ¿Acaso no es eso crear, innovar? Y hacerlo con la máxima libertad, dentro de una exigencia artística y de un rigor ético…

A veces la libertad es la que uno se toma, pero es una labor que implica conquista, maduración e independencia. También la independencia (tanto creativa como económica) tiene su precio pero hemos tenido la suerte de conseguir desde el principio un apoyo público –y del público-, sin contar con los que nos han acompañado, asesorado, ayudado desde los inicios de esta aventura…

Tanto Los Remedios como Cluster son representativos de las líneas artísticas que defendemos: un teatro donde cohabitan y se complementan texto original (en este caso muy personal), trabajo físico del actor e interpretación coral, más allá de la linealidad del relato moderno, más allá de la compartimentación entre géneros, más allá de los lenguajes habituales. Comedia y drama coexisten, no en armonía sino por contraste, emoción e irrisión se yuxtaponen, voz en primera persona y voz grupal se contestan e interpelan. En Cluster incluso, el actor no tiene la exclusiva de su papel, otros le roban la palabra, se ponen en su lugar, o hacen de corifeo.

Otra peculiaridad en el caso de Cluster: fue concebida en y para la sala de exlímite, de ahí la importancia del espacio en esta obra: taller, altillo (que hace de camerinos) y oficina se han integrado a la obra; es más, la obra juega constantemente con esta polisemia espacial para crear espacios reales y otros imaginarios, empezando por el bar Cluster que es el corazón del dispositivo escenográfico con sus permanentes transformaciones y es al mismo tiempo el espacio de lo real, de la performance y de la representación -realista (narrada) e imaginaria-, ambas con su traducción física.

Porque, en efecto, Los Remedios y Cluster indagan en los espacios mentales y en los imaginarios de sus personajes. No se trata de pura auto-ficción o de un retrato estrictamente generacional sino que escarban en las interioridades de cada uno, exploran los imaginarios que son por definición algo difuso y evanescente.

¿Qué es lo que une este material heterogéneo que nace de la confrontación de experiencias individuales? Es la perspectiva –el punto de vista como se dice en narrativa-, el tono y el modo de narrar y de ponerlo en espacio. Y esto tiene mucho que ver con otro tipo de rupturas dentro de lenguajes como la novela o el relato cinematográfico, pero no es tan habitual en teatro.

Aquí el punto de vista rompe con la univocidad del relato clásico: es dual y dialéctico en Los Remedios, es a la par monologal y coral en Cluster. La psicología del personaje desaparece como tal, la sustituye la vivencia del día a día, el estado mental y físico en el que se encuentran los protagonistas. Aunque se remonten a los orígenes (del trauma, del dolor, de la incapacidad de sentir), los personajes no valen tanto por su historia pasada como por su manera de vivir el presente. Incluso en Los Remedios, que es un viaje en el pasado y en los paisajes de la infancia e adolescencia, la cuestión central es cómo habito mi cuerpo, cómo en este se inscriben las huellas del pasado, porque es un cuerpo presente, de ahí este final puramente coreográfico donde los dos narradores-actores retoman posesión de sí mismo –el cuerpo de la persona y el del actor- a través de la danza.

No voy a insistir sobre la fragmentación y el collage que son modos de narrar típicamente posmodernos. Tienen sus antecedentes en el cine por ejemplo, en Vidas cruzadas (1994) de Robert Altman, basada en cuentos cortos de Raymond Chandler, o Magnolia (1999) de Paul Thomas Anderson, y rompen con el relato lineal y univocal. La fragmentación refleja bien por otra parte un modo de ser típicamente posmoderno, que tiene su traducción en el presentismo (Maffesoli), en relaciones intermitentes, eclípticas (Imbert) y en amores líquidos (Bauman).

Pero aquí no es gratuito ni parte de una afán de romper por romper o de un deseo deliberado de ser actual. Tanto en Los Remedios como en Cluster están al servicio de lo que se quiere traducir: la dificultad de ver claro en uno mismo y en el otro, de encontrar estabilidad y equilibrio en un mundo de presente delicuescente y futuro improbable, la imposibilidad de trazar líneas rectas y construir futuros diáfanos. Lo que quieren transmitir ambas obras es precisamente este sentir, que es generacional como en Cluster pero también profundamente íntimo en Los Remedios. Lo interesante es haber cruzado y entremezclado estas dos dimensiones, que hace que ni Los Remedios ni Cluster se puedan reducir a unas historias puramente individuales o a un retrato expresamente colectivo.

Con esto no se le da todo mascado y resuelto al espectador (recuérdese lo que decía Cortázar del lector pasivo) y permite una proyección múltiple en lo representado. Al espectador le incumbe palpar y sentir los puentes de unión entre ambas dimensiones, aunque están implícitos en la construcción dramática. Y ahí está la otra innovación: lo implícito se hace visible a través del acto de representar.

Por fin, en la gestación de las dos obras ha intervenido un proceso creativo que rompe con la relación rígida entre director, dramaturgo, escenógrafa y actores, porque nace de un encuentro entre unos y otros y deriva de una manera de trabajar atípica: colaborativa, una forma diferente de autoría. El resultado es un “compuesto inestable” como dirían los químicos, un cluster como se dice hoy: un conglomerado de elementos heterogéneos que se juntan sin mezclarse del todo, es decir en el que cada componente conserva su integridad. No voy a elucubrar sobre este tipo de ensamblaje y manera de enfocar el trabajo de grupo como un modo muy representativo no solo de una forma de trabajar sino también de pensar (no dicotómica), de acuerdo con un pensamiento que reivindica la complejidad, juega con los límites de la racionalidad, se desenvuelve en la ambivalencia, como decía Bauman (la coexistencia de elementos contrarios sin que sea ni contradictorio ni excluyente)…

Lejos de ser teórica o abstracta, la ambivalencia tiene su traducción existencial, es un estar y no estar al mismo tiempo muy característico del mundo actual, que se traduce en la relación con el cuerpo, con el otro y con el mundo, con el lugar que ocupa uno, en la pareja o en el trabajo. Los personajes de Cluster lo traducen bien: el cuerpo se puede vivir como carencia o territorio identitario, uno puede creer estar con la pareja y está en otro lugar, una utiliza los viajes como manera de “desaparecer de sí” (Le Breton), otros(as) no han resuelto el trauma o hecho su duelo, están sin estar, no son del todo, o hacen todo lo contrario de lo que dicen, viven en el quid pro quo permanente…

Con esto, cuerpo e identidad forman un binomio íntima y fuertemente vinculado y tanto Los Remedios como Cluster, gracias a la dirección, puesta en escena e interpretación, lo muestran, lo hacen palpable, transforman el cuerpo del actor en material sensible y la identidad en algo visible. Sentir íntimo y sentir colectivo se mezclan y consiguen traducir una forma de mal-estar contemporáneo: un estar mal que no es tampoco dramático, de ahí el humor puesto en representarlo, el jugar con los géneros y las formas, ese acercarse a veces incluso a formas triviales, que caen alegremente en la parodia o rozan lo televisivo. Las fronteras entre géneros se han diluido.

Transmitir el sentir pasa por desdramatizar. ¿Es esto nuevo? No voy a entrar en los antecedentes, lejanos o más cercanos (hay algo aquí de la coralidad de Mnouchkine, de la visceralidad de Platel, de la fisicidad de Peeping Tom)… ¿Es esto “posdramático”? ¿Es “inmersivo”? ¿Es representativo, por su juego con las formas, por el uso del exceso, de la imitación y de lo burlesco, del neo-barroquismo actual (Calabrese)?

Lo mismo no hace falta etiquetarlo porque escapa a las categorías y a los compartimentos estancos, es un teatro para compartir y disfrutar. ¿Acaso no es eso volver a la esencia del acto teatral: transmitir emociones? Ahí están estos magníficos actores para hacérnoslo llegar, poniendo la carne en un escenario que se transforma en hervidero y la representación teatral en algo lúdico-festivo.

Puede que sea esto una manera de seguir vivos.

Gérard IMBERT